Corría el año de 1820, Iturbide fue elegido por los absolutistas porque pensaron que con su labia y habilidad podría convencer a los insurgentes de desistir.
El 18 de noviembre Iturbide sale de la ciudad de los palacios –Como alguna vez el Barón de Humbold llamó a la ciudad de México- rumbo al sur, puesto que la jurisdicción de su comandancia abarcaba casi todo el actual estado de Guerrero.
El día 20, recién caída la tarde, Iturbide entró en Iguala, Don Mariano Ortiz de la Peña, que era el comandante del lugar, le dio a Iturbide una hermosísima bienvenida.
El día 17 de noviembre por la noche, Iturbide se reunió con su Estado Mayor y los principales jefes, exponiéndoles su idea de consumar los conflictos y con ellos la independencia.La mayoría de los presentes le prometieron su apoyo jurándole serle leales y respetar sus ordenes; posteriormente expidió varios despachos a las comandancias de la Nueva España, exponiéndole sus planes y la necesidad de establecer la paz y finalizar de una vez todos aquellos problemas que abundaban en ese momento.
Iturbide estaba bien armado, contaba con el apoyo del gobierno y de muchísimos hombres de poder, por lo que se sentía bastante confiado, el 22 de diciembre salió con su ejercito a enfrentar a Guerrero, pero los insurgentes lo derrotaron fácilmente en las cercanías al poblado de Tlataya.
Recién entraba el mes de enero de 1821, cuando Iturbide regresó a Teloloapan vencido y decepcionado, mayor fue su decepción al enterarse que su compañero de armas, el Comandante Moya, también había perdido, Guerrero había demostrado que no estaba dispuesto a rendirse, el futuro del país estaba en sus manos y no iba a dejarse caer, se mantenía firme, de pie, como el más imponente y resistente árbol.
Esta serie de reveses y el mejor conocimiento que ya en el terreno mismo de los sucesos pudo comprobar la constancia y bravura de Guerrero, hicieron reflexionar profundamente a Iturbide, quien se convenció, al fin, de que era empresa ardua y costosa reducir por la fuerza de las armas a los independientes del sur. Urgido a proclamar el plan que ya era conocido por algunos de sus oficiales, y sufriendo sus tropas rudos descalabros cuantas veces se habían metido con Guerrero y Asensio, tuvo que prescindir de su primer propósito de destruir a estos valientes defensores de la libertad mexicana.
Esta situación originó que Iturbide escribiera una carta a Vicente Guerrero, la cual redactó en Teloloapan el día 10 de enero y que reza de la siguiente manera:
“Muy señor mío: las noticias que ya tenia del buen carácter e intenciones de Ud., me estimulan a tomar la pluma a favor de Ud. mismo y del bien de la patria. Sin andar con preámbulos que no son del caso, hablaré con la franqueza que es inseparable de mi carácter ingenuo. Soy interesado como el que más en el bien de esta Nueva España, país en que como usted sabe, he nacido, y debo procurar por todos los medios su felicidad.
Ud. esta en el caso de contribuir a ella de un modo muy particular, y es cesando las hostilidades y sujetándose con las tropas de su cargo a las ordenes del gobierno; en el concepto de que yo dejare a Ud. al mando de su fuerza, y aun le proporcionare algunos auxilios para la subsistencia de ella. Esta medida es en consideración a que habiendo ya marchado nuestros representantes al congreso de la península, poseídos de las ideas más grandes de patriotismo y libertad, manifestarán con energía todo cuanto nos es conveniente; entre otras cosas, el que todos los hijos del país, sin distinción alguna, entren en el goce de ciudadanos, y tal vez que venga a México, ya que no puede ser nuestro soberano, el señor Fernando VII, su augusto hermano el señor Don Carlos, o Don Francisco de Paula; pero cuando no sea, persuádase Ud. de que nada omitirán de cuanto sea más conducente a las completa felicidad de nuestra patria.
Mas si contra lo que es de esperarse no se nos hiciese justicia, yo seré el primero en contribuir con mi espada, con mi fortuna y con cuanto pueda, a defender nuestros derechos; y lo juro a Ud. y a la faz de todo el mundo bajo la palabra de honor de que puede Ud. fiar, porque nunca la he quebrantado ni la quebrantaré jamás.
Si Ud. oye con imparcialidad mis razones, seguro de que no soy capaz de faltar en lo más mínimo porque esto sería contra mi honor que es la prenda que más estimo, no dudo que quedará en el partido que le propongo, pues tiene talento sobrado para persuadirse de la solidez de estos convencimientos. El señor de los ejércitos me conceda este placer; y Ud. entretanto disponga de mi buena voluntad. Su atento servidor que le estima y S.M.B. Agustín de Iturbide.” 26
Quizá Iturbide tenía buenas intenciones, lo cierto es que la monarquía no era lo que el pueblo deseaba, 300 años de esclavitud les habían enseñado que bajo el dominio de un rey no les espera nada bueno, y también les habían enseñado a soñar con la libertad, cosa que obviamente no les convenía a los conservadores, quienes forzosamente perderían todos los privilegios que de mala manera habían disfrutado durante aquellos siglos de opresión de la clase baja y de los auténticos mexicanos, los indígenas.

El General Guerrero, sin embargo, no pensaba en su bien propio o el que podría adquirir, puesto que el estaba dispuesto a derramar lagrimas y sangre en defensa de su patria, la patria que todos los mexicanos queríamos, aclamábamos y merecíamos. Porque después de todo “La patria es primero”. De esta manera, Iturbide no recibió respuesta alguna a sus cartas sino hasta el 4 de febrero, en la población de Tepecoacuilco de la Inmaculada, y decía esta respuesta lo siguiente:
“Sr. Don Agustin de Iturbide. Muy señor mío: Hasta esta fecha no llegó a mis manos la atenta carta de Ud., de 10 del corriente; y como en ella me insinúa que el bien de la patria y el mío le han estimulado a ponérmela, manifestare los sentimientos que me animan a sostener mi partido.
Como por la referida carta descubro en Ud. algunas ideas de liberalismo, voy a explicar las mías con franqueza, ya que las circunstancias van proporcionando la ilustración de los hombres, y desterrando aquellos tiempos de terror y barbarismo en que fueron envueltos los mejores hijos de este desgraciado suelo.
Comencemos por demostrar sucintamente los principios de la revolución, incidentes que hicieron más justa la guerra y obligación a declarar la independencia. Todo el mundo sabe que los americanos, cansados de promesas ilusorias, agraviados hasta el extremo, y violentados, por ultimo, de los diferentes gobiernos de España, que levantados entre el tumulto, uno después de otro, solo pensaron en mantenernos sumergidos en la más vergonzosa esclavitud, y privarnos de las acciones que usaron los de la península para sistemar su gobierno, durante la cautividad del rey, levantaron el grito de libertad bajo el nombre de Fernando VII, para sustraerse solo de la opresión de los mandarines.
Se acercaron nuestros jefes a la capital, para reclamar sus derechos ante el virrey Venegas, quien asociado al real acuerdo desechó toda propuesta, y el resultado fue la guerra. Esta nos la hicieron formidable desde sus principios, y las represalias nos precisaron a seguir la crueldad de los españoles. Cuando llegó a nuestra noticia la reunión de las cortes de España, creíamos que calmarían nuestras desgracias en cuanto se nos hiciera justicia ¡ pero que vanas fueron nuestras esperanzas cuando dolorosos desengaños nos hicieron sentir efectos muy contrarios a los que nos prometíamos! ¡pero que decir en que tiempos! cuando agobiada España, oprimida hasta el extremo por un enemigo poderoso, estaba próxima a perderse para siempre, cuando más necesitaba de nuestros auxilios para su restauración, entonces…entonces descubren el daño y oprobio con que siempre alimentan a los americanos; entonces declaran su desmesurado orgullo y tiranía; entonces reprochan con ultrajes las humildes y justas representaciones de nuestros diputados; entonces se burlan de nosotros y echan el resto a la iniquidad; no se nos concede la igualdad de representación , ni se quiere dejar de conocernos con la infame nota de colonos , aun después de haber declarado a las Américas parte integral de la monarquía, ¡ horroriza una conducta como esta, tan contraria al derecho natural, divino y de gentes!. ¿y que remedio? Igual debe ser a tanto mal.
Perdimos la esperanza del ultimo recurso que nos quedaba, y estrechados entre la ignonimia y la muerte, preferimos esta y gritamos: ¡independencia y odio a aquella gente dura!. Lo declaramos en nuestros periódicos a toda la faz del mundo; y aunque desgraciados y que no han correspondido los efectos a los deseos, nos anima una doble resignación, y hemos prometido ante las aras de dios vivo ofrecer en sacrificio nuestra existencia, o triunfar y dar vida a nuestros hermanos.
En este número está usted comprendido. ¿Y acaso ignora algo de lo que llevo expuesto? ¿Cree Ud. que los que en aquel tiempo en que se trataba de su libertad y decretaron nuestra esclavitud, nos serán benéficos ahora que la han conseguido y están desembarazados de la guerra? pues no hay motivo para persuadirse que ellos sean tan humanos. Multitud de recientes pruebas tiene Ud. a la vista, y aunque el transcurso de los tiempos le haya hecho olvidar la afrentosa vida de nuestros mayores, no podrá ser insensible a los acontecimientos de estos últimos días.
Sabe Ud. que el rey identifica nuestra causa con la de la península, porque los estragos de la guerra, en ambos hemisferios, le dieron a entender la voluntad general del pueblo; pero véase cómo están reputados los caudillos de ésta, y la infamia con la que se pretende reducir a los americanos. Dígase con qué causa puede justificarse el desprecio con que se miran los reclamos demandados de Ultramar sobre inumerables puntos de gobierno, y en particular sobre la falta de representación en las cortes, ¿qué beneficio le resulta al pueblo cuando para ser ciudadano requierense tantas calidades que no se encuentran, maliciosamente, en la mayor parte de los americanos?
Por último, es muy dilatada esta materia, y no podría asentar multitud de hechos que no dejarían lugar a la duda; pero no quiero ser tan molesto, porque Ud, se halla bien penetrado de estas verdades y advertido de que cuando todas las naciones del universo están independientes entre si, gobernadas por los hijos de cada una, solo la América dependa afrentosamente de España, siendo tan digna de ocupar el mejor lugar en el teatro universal.
La dignidad del hombre es muy grande; pero ni ésta ni cuanto pertenece a los americanos, han sabido respetar los españoles. ¿Y cuál es el honor que nos queda dejándonos ultrajar escandalosamente? Me avergüenzo al contemplar sobre este punto, y declamaré eternamente contra mis mayores y contemporáneos que sufren tan ominoso yugo. He aquí declarado brevemente cuanto puede justificar nuestra causa, y la que llenará de oprobio a nuestros tiranos opresores.
Convengamos en que usted equivocadamente ha sido uno de nuestros mayores enemigos, y que no ha perdonado medios para asegurar nuestra esclavitud; pero si entra en conferencia consigo mismo, conocerá que siendo americano, ha obrado mal, que su deber le exige lo contrario, que su honor le encamina a mayores empresas, dignas que su reputación militar; que la patria espera de Ud. mejor acogida, que su estado le ha puesto en las manos fuerzas capaces de salvarla, y que si nada de esto sucediere, Dios y los hombres castigarán su indolencia. Estos a quienes Ud. reputa por enemigos , están distantes de serlo, que se sacrifican gustosos por solicitar el bien de Ud. mismo; y si alguna vez manchan sus espadas en la sangre de sus hermanos , lloran su desgraciada suerte, porque se han constituido sus liberadores y no sus asesinos; mas la ignorancia de estos, la culpa de nuestros antepasados , y la más refinada perfidia de los hombres nos han hecho padecer males que no debiéramos, si en nuestra educación varonil nos hubiese inspirado el carácter nacional. Ud. y todo hombre sensato, lejos de irritarse con mi rústico discurso, se gloriarán de mi resistencia, y sin faltar a la racionalidad, a la sensibilidad y la justicia no podrán redargüir a estas mis reflexiones, puesto que no tienen otros principios que la salvación de la patria, por quien Ud. se manifiesta interesado.
Si esta inflama a Ud., ¿Qué, pues, le retarda para declararse por la más pura de todas las causas? Sepa Ud. distinguir y no se confunda; defienda Ud. sus verdaderos derechos y esto le labrará la corona más grande: entienda Usted que yo no soy de aquellos que aspiran a dictar leyes, ni pretendo erigirme en tirano de mis semejantes; decídase Usted por los verdaderos intereses de la nación y entonces tendrá la satisfacción de verme militar a sus órdenes, y conocerá un hombre desprendido de la ambición, que solo aspira a sustraerse de la opresión, y no a elevarse sobre las ruinas de sus compatriotas.
Esta es mi decisión, y para ello cuento con una fuerza regular, disciplinada y valiente, que a su vista y con la opinión general de los pueblos huyen despavoridos cuantos tratan de sojuzgarla; que está decidida a sacudir el yugo o morir, y con el testimonio de mi propia conciencia, que nada teme, cuando por delante se le presenta la justicia en su favor. Compare Ud. que nada me sería más degradante como el confesarme delincuente, y admitir el indulto que ofrece a nombre del gobierno, del cual he de ser contrario hasta el ultimo aliento de mi vida; mas no me desdeñare de ser un subalterno de Ud. en los términos que digo; asegurándole que no soy menos generoso, y que con el mayor placer entregaría en sus manos el bastón con que la nación me ha condecorado. Convencido, pues, de tan terribles verdades, ocúpese Ud. en beneficio del país donde ha nacido, y no espere el resultado de los diputados que marcharon a la península; porque ni ellos han de alcanzar la gracia que pretenden, ni nosotros tendremos necesidad de pedir por gracia lo que se nos debe de justicia, por cuyo medio veremos prosperar este fértil suelo y nos eximiremos de los gravámenes que nos causa el enlace con España.
Le anticipo a Usted esta noticia para que no insista ni me note de impolítico; porque ni me ha de convencer nunca a que abrace el partido del rey, sea el que fuere, ni me amedrentan los millares de soldados, con quienes estoy acostumbrado a batirme. Obre Ud. como le parezca, que la suerte decidirá y me será más glorioso morir en la campaña que rendir la cerviz al tirano. Nada es mas compatible con su deber que el salvar la patria, ni tiene otra obligación más forzosa. No es Ud. de inferior condición que Quiroga, ni me persuado que dejará de imitarle osando emprender como él mismo aconseja.
Concluyo con asegurarle que la nación está para hacer una explosión, que pronto se experimentarán sus efectos, y que me será sensible perezcan en él los hombres que como Ud., deben ser sus mejores brazos. He satisfecho el contenido de la carta de Ud., porque así lo exige mi crianza; y le repito que todo lo que no sea concerniente a la total independencia, lo disputaremos en el campo de batalla. Si alguna feliz mudanza me diere el gusto que deseo, nadie me competirá la preferencia en ser su mas fiel amigo y servidor, como lo protesta su atento Q.S.M.B. Vicente Guerrero.
Rincón de Santo Domingo a 20 de Enero de 1821.27
Iturbide se había dirigido entre tanto a Tepecuaucuilco, y desde este punto escribió nuevamente a Guerrero con fecha 4 de febrero de 1821, y dicha carta decía lo siguiente:
Estimado amigo: No dudo darle a Ud. este titulo, porque la firmeza y el valor son las cualidades primeras que constituyen el carácter del hombre de bien, y me lisonjeo de darle a Ud. en breve un abrazo que confirme mi expresión. Este deseo, que es vehemente, me hace sentir que no haya llegado hasta hoy a mis manos la apreciabilísima de Ud. de 20 días del próximo pasado; y para evitarle estas morosidades como necesarias en la gran distancia, y adelantar el bien con la rapidez que debe ser, envió a Ud. al portador, para que le de por mi las ideas que seria muy largo de explicar por la pluma; y en este lugar sólo aseguraré a Ud. que dirigiéndonos Ud. y yo a un mismo fin, nos resta únicamente acordar un plan bien sistemado, los medios que nos deben conducir indudablemente y por el camino más corto.
Cuando hablemos Ud. y yo, asegurará de mis verdaderos sentimientos. Para facilitar nuestra comunicación, me dirigiré desde luego a Chilpancingo, donde no dudo que Ud. se servirá acercarse, y que más haremos sin duda en media hora de conferencia que en muchas cartas. Aunque estoy seguro de que Ud. no dudará un momento en la firmeza de mi palabra, porque nunca di motivo para ello, pero el portador de ésta, Don Antonio Mier y Villagómez, le garantirá a satisfacción de Ud.
Por si hubiese quien intente infundirle la menor desconfianza. Al haber recibido antes la citada carta de Ud. y haber estado en comunicación, se habría evitado el sensibilísimo encuentro que Ud. tuvo con el teniente coronel Don Francisco Antonio Berdejo el 27 de Enero próximo, porque la pérdida de una y otra parte ha sido pérdida para nuestro país. ¡Dios permita que haya sido la última! Si Ud. ha recibido otra carta que con fecha 16 le dirigí desde Cunacanotepec, acompañándole otra de un americano de México, cuyo testimonio no debe serle sospechoso, no debe dudar que ninguno en la Nueva España es más interesado en la felicidad de ella, ni la desea con más ardor, que su muy afecto amigo que ansía comprobar con obras esta verdad, y S.M.B. Agustín de Iturbide. Señor Don Vicente Guerrero.
Iturbide envió otras cartas a varios personajes de su entera confianza manifestándoles los avances que se tenían en las negociaciones. En la ciudad de puebla se imprimió el plan y la proclama, en la imprenta de Don Joaquín Furlong, y el capitán Magan recibió la comisión de entregarlos personalmente a Iturbide. De esta manera Iturbide recibió a Magan en el Real de Taxco, posteriormente se trasladaron al convento de San Bernardino de Sena, donde procedió a revisar el documento con la ayuda de Fray Agustín León Leal.
Al día siguiente Iturbide se trasladó a la ciudad de Iguala. El día 24 de febrero de 1821 Iturbide firmó y proclamó el Plan de Iguala, en el lugar donde actualmente se encuentra el monumento a la ciudad de Iguala. Cuenta la tradición que en aquel tiempo ese lugar era un enorme solar, y que para hacer la proclama pidieron prestados a la iglesia de San Francisco una mesita y unos bancos, mismos que se llevaron al solar para llevar a cabo el histórico acontecimiento. Por fin, tras el paso de 61 virreyes y 300 años de opresión y esclavitud, México conocería el sabor de la libertad.










