En estos tiempos Iguala de la Independencia era el puerto terrestre y el granero del estado. Con sus vías de comunicación hacia el sur y con la capital de la republica, e inmejorable situación geográfica, es el centro avanzado, por el norte, que cuida su entrada y provee, como gran emporio comercial, a toda una vastísima comarca. Era la ciudad del trabajo, de los grandes negocios, y de gran importancia político-social y militar, es comprensible entonces por que los insurgentes a toda costa anhelaban su captura.
Era el 13 de mayo de 1911, la plaza de Iguala estaba defendida por doscientos infantes de segundo batallón y ciento veinte dragones del cuarto cuerpo rural, al mando de los mayores Dámaso F. Ortega y Eduardo Ocaranza. Sus efectivos de guerra eran excelentes, pues además de sus dotaciones individuales contaban con un gran depósito de pertrechos. A mayor abundamiento hicieron amurallar los mejores puntos de asecho, por lo cual, señala Arturo Figueroa podemos considerarla como la fortaleza mejor preparada para cualquier maniobra táctica en el estado. Ambrosio, con sus dos mil guerrilleros, tiene como subalternos inmediatos a Rómulo Figueroa, Federico Morales, Alfonso Miranda, Jesús H. Salgado, Leovigildo Álvarez, Pedro Cuevas, Martín Vicario, Ernesto Castrejón, Santos Torres, Basilio Gonzáles, Juan Pedro y Rudensino Abundes. Con el fin de evitar que el combate tomara perfiles dantescos ya que se enfrentaban enemigos profundamente distanciados, que podrían llegar al odio enconoso en el fragor de la lucha, fue enviado a los federales un correo citándolos a una conferencia en el paraje donde comienza el lomerío de Platanillo, a 5 kilómetros del suburbio norte, para exponerles consideraciones que beneficiarían a ambos bandos, ya que no cabía otra solución a las circunstancias del momento.
El mayor Ocaranza ocurre a la cita fijada a las tres de la tarde y le hacen saber que: en virtud del fracaso de las platicas en el septentrión del país, daban por concluido el armisticio pactado; que siendo de imprescindible necesidad para los insurrectos ocupar la plaza de Iguala, por cualquier medio, lo exhortaban a abandonarla con sus subordinados, ofreciéndoles garantías amplias a todos y cada uno, y de aceptar ésta propuesta, cada hombre la evacuaría con su arma personal y cincuenta cartuchos de dotación individual; mas en reciprocidad, dejarían intacto el arsenal. La palabra de honor de ambos jefes sería suficiente para cumplir lo prometido.
Ocaranza promete consultarlo y contestar ese mismo día a las 6 de la tarde. A las 7 de la noche llegó la determinación de los federales de no entregar la plaza de Iguala, y su firme propósito de defenderla hasta lo último. Figueroa dio la orden de movilización fijándose las cuatro de la mañana del día siguiente para romper el fuego e iniciar el asalto. La noche de ese día fue en extremo movida para los atacantes, menudeando los incidentes, peligrosos unos, cansados y molestos otros, y jocosos los más. Son nombrados los servicios de avituallamiento, vigilancia y, en fin, todo lo que el instinto guerrero aconsejaba hacer, ya que no podía decirse que contaban con técnicos que pusieran en practica la ciencia de la guerra. La Orden General disponía lo siguiente: Alfonso Miranda y Daniel Cuellar, con quinientos guerrilleros, presionarían por el norte y poniente; Epifanio Rodríguez, Santos Torres, Basilio Gonzáles, Gregorio Vicario, Juan Pedro y Rudensino Abundes, con trescientos hombres, por el sur; los hermanos Figueroa y Federico Morales, con setecientos por el oriente.
Completaban el cerco, por el noroeste, Jesús H. Salgado, Leovigildo Álvarez y Pedro Cuevas, con medio millar de terracalenteños.
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Toma y ataque de la ciudad de Iguala |
Sin duda alguna era por el oriente donde mayor cuidado debería tenerse en la vigilancia y el asedio, toda vez que por ahí podría venir el único auxilio para los sitiados, procedente de Chilpancingo, y así mismo constituía, de acuerdo con la lógica y la táctica, el más probable lugar por donde los federales intentarían su fuga o retirada, al tratar de romper la férrea ceñidura que los rodeaba. En el paraje de la Tejería, detrás de una trinchera en que se improvisó un burdo laboratorio, fueron confeccionadas bajo la dirección de Rómulo e inmediata del soldado Francisco Estrada, cien bombas de mano hechas en bote de hojalata forrados con manta doble, de la más gruesa en existencia, empapadas con brea y cargadas de dinamita, pedacería de hierro y la mecha correspondiente; su peso oscilaba de quinientos gramos a un kilo.
Llevaban además, ya listas para su uso inmediato, cuatrocientas bombas que fueron fabricadas en Tilzapotla. Los inmediatos subordinados de los hermanos Figueroa en el sector oriente eran los jefes Guillermo García Aragón, Martín Vicario, Ernesto Castrejón, Odilón Figueroa, Rosendo Castro y Fidel Fuentes, mismos que siempre estuvieron a la altura de las circunstancias y como combatientes directos en todo el tiempo que duró el asalto. Como ciertas fuerzas del General Miranda, comandadas por Genovevo de la O, maniobraban en estado de ebriedad y se aproximaron más de lo debido a la ciudad, los defensores rompieron el fuego como a las 7 de la noche, manteniéndolo con largas intermitencias hasta las diez, en que un torrencial aguacero ensombreció más la obscura noche e hizo suspender por invisibilidad las operaciones. A las 4 de la mañana del día siguiente (14 de mayo), de acuerdo con el mando supremo, los revolucionarios avanzaron con denuedo pero pronto advirtieron la obstinada resistencia del enemigo.
Los federales habían atrincherado con adobes las bocacalles de lo que constituye el segundo circuito de la población, dejando las aspilleras correspondientes para sacar los cañones de sus armas y enviar el mortífero fuego. Los atacantes pensaron abrirse paso a través de los muros de las casas, y con herramientas prestadas por el vecindario, comenzaron a horadar las paredes; dado lo frágil del material de la construcción de que estaban hechas, pues en su totalidad eran de adobe; las barretas cumplieron su cometido en poco tiempo. Hubo ocasiones, – Narra Arturo Figueroa – en que al salir de algún predio para llegar a otro, ya los moradores habían taladrado las tapias de sus casas o facilitaban escaleras e informes sobre el lugar exacto que ocupaban los federales.
Es entonces cuando tuvieron la idea de desalojar al enemigo por medio de la acción de las bombas de mano, y el resultado no se hizo esperar: Violentas y ensordecedoras explosiones estremecieron repentinamente el dantesco escenario. Fue tal el efecto que causó a los defensores este procedimiento de ataque, que sólo una carga bastó para haberlos desalojado de esa primera línea de defensa; ocupada esta, confirman el motivo de la fuga: gran numero de soldados muertos y otros desangrándose, con las carnes desgarradas y los miembros cercenados, lanzaban lastimeros gritos de dolor.
Los actos de temeridad, por ambas partes, provocaron estupor y admiración. Aun se recuerda cuando al caer una bomba cerca de un reducido grupo de defensores, un soldado se apresuró a devolver el explosivo que conservaba aun la pequeña mecha encendida, pero calculando mal, al tener en la mano la maquina destructora, explotó esta volándole el brazo e hiriendo su cuerpo con la pedacería de hierro.
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Los federales pierden terreno y a la una de la tarde son desalojados de todas las trincheras y fortificaciones pasajeras por ellos construidas, quedando reducidos a la torre de la iglesia, al Banco de Guerrero y al Cuartel General, situado en el costado poniente del jardín Juárez, que era el centro de la ciudad. Andrés Figueroa hace acto de presencia en la línea de fuego, junto con otros compañeros de lucha presiona desde el portal norte del atrio de la iglesia y ataca con bríos la defensa de la torre; aquí sobreviene el impresionante momento en que un proyectil derriba a su vecino y excelente amigo, el Sr. Herculano González, quien recibe en el cráneo un terrible balazo que le mutila la cara ocasionándole ceguera absoluta. Eran ya las dos y media de la tarde cuando los sitiados habían perdido dos de las defensas señaladas y sólo limitan su dominio al cuartel, para presentar ahí una desesperada resistencia.
De pronto, los dinamiteros dan a todo correr temeraria carga a pecho descubierto, y al arrojar las bombas ligeras y pesadas, se posesionan parcialmente del último obstáculo. La suicida acción tenía su fundamento: las municiones escaseaban demasiado y la retaguardia encubría numerosos compañeros inermes; de prolongarse el combate estaban sin remedio perdidos. Como a las tres de la tarde el clarín toca parlamento y el enemigo enarbola bandera blanca. Las campanas de la iglesia son echadas a vuelo obedientes a manos oportunas y anónimas. Los revolucionarios avanzaron con entusiasmo desbordante que vino a trocarse en ira incontenible y salvaje: al abandonar sus parapetos ocasionales, procedían a acercarse a los soldados, ya rendidos, para desarmarlos y considerarlos sus prisioneros de guerra, cuando dos nutridas descargas hechas a quemarropa, desde las aspilleras del cuartel, derriban a racimos de hombres que caen heridos lanzando imprecaciones contra los traidores. Los gemidos de dolor se mezclan por todos lados y hacen más infernal la escena.
Otros hombres cayeron al suelo para no levantarse más. El coronel Martín Vicario intimó rendición y al cabo de algunos momentos en que la cólera aumentaba con exceso, fue escuchado por segunda vez el toque de entrega incondicional. Los defensores fueron tomados presos en su totalidad. No obstante la disciplina de las fuerzas victoriosas, y de la cual se jactaban los Figueroa, en extremo difícil fue contener el encono de quienes demandaban con energía , altaneramente, el que fueran pasados por las armas todos los federales, sin distinción de grados, por la acción cobarde e indigna que habían cometido. Hubo necesidad de incomunicar en el cuartel a las tropas rendidas, protegiéndolas con una fuerte escolta bajo la vigilancia personal de Ambrosio y sus más fieles seguidores, quienes se apoderaron de la puerta en calidad de guardianes. En varias ocasiones llegó a ser tan aguda la crisis que aun los cabecillas fueron objetos de tremendas injurias.
La sed de venganza se agigantaba por momentos. El pueblo reunido como por arte de magia, incitaba a los vencedores a realizar la carnicería. Es necesario señalar, apegándose con severidad a los hechos históricos, que los soldados más excitados que llegaron a las vías de insubordinación, pertenecían a las fuerzas de los generales Jesús H. Salgado y Pedro Cuevas, quienes irrumpieron a galope por el lado noroeste al confirmar la toma de la plaza, y fueron victimas de su codicia al caer ocho de sus hombres muertos por una fuerte descarga. La investigación practicada esclareció que el mayor Dámaso F. Ortega era el responsable de la celada, y para calmar los ánimos y como justo castigo sancionado por las leyes de la guerra, fue pasado inmediatamente por las armas, no sin antes escuchar la sentencia que Figueroa indignado le increpó: “Los hombres como usted no son acreedores a ser juzgados militarmente y deben morir en el acto”.
Es de justicia hacer constar que Ortega se batió con gran valor y al mandar hacer fuego contra quienes se aproximaban confiadamente, ignoraba que el mayor Ocaranza había mandado izar bandera blanca y ordenado toque de clarín pregonando rendición, sonido que pudo no haberse escuchado por las detonaciones ininterrumpidas de la fusilería y de las bombas de dinamita; y aunque lo hubiera escuchado pudo no creerlo puesto que él mismo era el jefe de la plaza. Murió con mucho valor en esta ciudad, desabrochándose la chaqueta y vitoreando al general Díaz.
La excitación no disminuía y comenzaban ya a producirse actos vandálicos en los inmuebles de la prefectura política y del Ayuntamiento Municipal, donde estallaron tentativas de incendio, entre resonantes gritos, vivas a Madero, blasfemias y manifestaciones de insana alegría. Al pretender la chusma destruir los archivos de los juzgados, no obstante los esfuerzos sobrehumanos hechos por los jefes para impedir tales desmanes, un accidente afortunado salvó la embarazosa situación y permitió restaurar el orden: cierta bomba de dinamita abandonada en el suelo, de las arrojadas minutos antes a los defensores, explotó sin causar victimas y dio origen a la alarma de que el auxilio federal de Chilpancingo había llegado y atacaba a las victoriosas fuerzas, por lo cual procedieron con rapidez a tomar sus posiciones de combate.
El jardín Juárez, antes inundado por el pueblo, quedó vació en breves instantes. La alarma cesó cuando fue confirmada la falsa inquietud, mas los jefes con dinamismo plausible, aprovecharon el momento para organizar la hueste que a un paso estuvo de cometer depredaciones, en eterno baldón para las armas revolucionarias.












